jueves, 13 de octubre de 2011

Sobre LOS TALENTOS


El sábado 24/9 fui a ver LOS TALENTOS, de Walter Jakob y Agustín Mendilaharzu, a Elkafka, (Lambaré 866 / 4862-5439). Funciones miércoles 20.30 y sábados 22 hs

Crujir de dientes

La parábola es escalofriante. La registra San Mateo en el capítulo 25, versículos 14-30, de su Evangelio y, con ciertas variantes, San Lucas. Un patrón, antes de partir a un largo viaje, llama a tres siervos y les deja a uno cinco talentos, a otro dos y al tercero uno –recordemos que el talento era una unidad de medida monetaria del mundo antiguo-. Luego de mucho tiempo, el patrón regresa y pide cuentas a sus siervos. Los dos primeros habían duplicado el capital recibido, trabajando y negociando, pero el tercero, por temor a la severidad de su amo, sólo había enterrado su talento y ahora se lo devolvía intacto. Los dos primeros son felicitados y bendecidos como “siervos fieles y buenos”, y se les promete abundancia. Pero al tercero se lo reprueba duramente: se le quita el talento, para entregárselo a aquel que más tiene, y se lo expulsa a las “tinieblas de afuera”, donde además de la oscuridad le espera el llanto y el crujir de dientes. Es decir, la tortura.

De la interpretación de esta parábola –uno de los relatos didácticos más populares del fundador del cristianismo- derivan las acepciones de talento como “inteligencia, capacidad de entender” y “aptitud, capacidad para el desempeño o ejercicio de una ocupación”. Y de la poética, literal y literaria interpretación de estas capacidades especiales deriva esta interesante pieza teatral de Jakob y Mendilaharzu.

Síntesis argumental

Dos adorables nerds atrincherados en el departamento de un amigo compiten en justas poéticas mientras aguardan con expectativa el devenir de un sábado a la noche, ignorando con impotente soberbia las elementales reglas del mundo exterior. El imperceptible hiato del verso es una hendija del deseo. Como siempre, y a través de él, mundo se saldrá con la suya.

Talentum est omnis divisus in partes tres

Tácitamente, la obra tiene dos partes de diverso carácter. La segunda comparte algunos personajes de la primera, pero modifica profundamente su carácter.

De la primera

El inicio de la obra es un hallazgo poético, y no me refiero solamente a su contenido (un desafío de composición de un soneto) sino al conjunto y la relación de cada una de sus partes. La actuación, el ritmo, el contenido, el lenguaje, la postura corporal, el tráfico de información, las alusiones y las citas literarias, todo compone y resuena y se autorrefiere, sustentado por el delicado equilibrio de aquellas parodias-homenaje que, de cierto modo, revitalizan desde la risa el original desgastado. Veamos brevemente algunos de estos aspectos.

Actuación rítmica y rimada

De las oscuras pesadillas de algún bachillerato literario alguien creerá recordar las formas del soneto –estricto poema de dos cuartetos y dos tercetos de endecasílabos- y sus rimas consonantes abba abab bbaa etc (es decir, el primer verso con el cuarto, el segundo con el tercero). Recordará a su vez el “cantito” que implica la lectura de la definición del amor de Quevedo:

Es hielo abrasador, es fuego helado,
es herida, que duele y no se siente,
es un soñado bien, un mal presente,
es un breve descanso muy cansado.

Es decir, la combinación de acentos marcados en determinadas sílabas (esherí … daquenodué… leynosesién… te) y la sinalefa, aquella unión rítmica y a-gramatical de sílabas de distintas palabras (es_hie lo_abrasador, es fue… go_hela… do).

Componer (y recitar) un poema es escandir el sonido y el tiempo. Actuar también. La escena lo expone sin explicitarlo:

Un reloj medidor de tiempos de ajedrez. Un nerd sentado, el otro de pie. Uno fuma en pipa, el otro escribe. Actúan por ritmo, por silencio y velocidad. Actúan escandiendo y, como el verso latino, prolongando: rápido silencio rápido rápido silencio lento silencio, lento.

Tic tac. Tic tac. Tu turno.

La información

El tráfico de información externa y pasada en el presente (el aquí y ahora de la acción dramática) es un dramático problema para el dramaturgo. El viejo mensajero de los griegos, que detenía el decurso de la acción para narrar la pasada batalla, el coro que comprimía siglos exponiendo mitos, fueron los primeros artilugios de aquello que el dramaturgo y maestro de dramaturgos Mauricio Kartun llama “el contrabando de la novela” a través de la frontera de la acción presente. Los realismos del siglo diecinueve y veinte, al imitar el modo “natural” de la conversación humana, complicaron las cosas y el dramaturgo devino maestro de alusiones, metonimias y digresiones. Suavizados los ánimos con el retorno del narrador, el viejo corifeo que se hace micrófono en El pasado es un animal grotesco de Pensotti[1], se hace grabación en off en Todo[2] de Spregelburd, se hace monólogo a público en el último Kartún (el del Niño Argentino y, sobre todo, Ala de criados[3] –a la espera de su Salomé, obra que prevé un comentario clásico a estos artilugios), permite traficar a la vista de todos y con la connivencia de público y autoridades, una especie de puente de mulas en la peligrosa triple frontera.

Allí donde todo es explícito, Los talentos nos supera: en el acto de componer el soneto se trafica la información. La información queda escrita. Y es un poema.

Cerrar podrá mis ojos las postrera
sombra…
¡Salud!

El ingenioso hidalgo

La primera parte de Los talentos es un imprevisto homenaje al ingenio. Es una de nerds pero embellecida, es una estampa de lo que se perderá. La composición de un anagrama, la inutilidad del genio, la ternura del adolescente que se pregunta lo que los ritos de iniciación invalidados, eludidos, no le han podido responder.

Para poder lidiar con el deseo, para entender cómo podrían hablar con una mujer, no pueden sino recurrir al Libro del Buen Amor, del Arcipreste de Hita, que no es otra cosa que la pesadilla de la literatura del secundario, lo oscuro, lo inerte, lo incomprensible de toda nuestra adolescencia. Es lo familiar (el desencajado deseo de nuestros 14 años, sometido por los olores y fantasías del banco del fondo durante la prueba de historia), lo familiar que retorna.

De la segunda parte

La segunda parte desactiva lo enunciado anteriormente, lo coloca en terreno conocido. Hay un tercero. Hay una mujer que llega de París. Hay desnudos. Hay presencias. Hay silencios. Hay desconcierto. Los talentos se transforma en una alusión a La intrusa; es, reloaded, Algo de ruido hace pero sin el peligro de la incomprensión, por la sobre información con la que aquí contamos.

La segunda parte es un perfecto y eficaz sketch seinfieldesco, de alguna manera conocido, que sucede cuando habíamos hecho un zapping bizarro por people and arts y estaban dando el Hamlet de Lawrence Olivier y nos habíamos puesto, beodos, a recitarlo . Nos gusta. Es eficaz, pero es otro “rollo”.

Partes tres

El final donde lo imaginado se derrumba, es el final de lo que se articula en la parte dos. No obstante, hablé de una tercera parte. Son unas breves líneas. Un epílogo. Se mencionan unos budas monumentales que serán derribados por el régimen talibán. Aquellas antiguas obras de arte que habitaron siglos irrepetibles (e imperturbables), llegarán a su fin.

Algo del monumento está presente en los poemas. Los talentos van a desaparecer. Lo saben. Y los que saben (Ave Público), te saludan.

su cuerpo dejarán, no su cuidado;
serán ceniza, mas tendrán sentido
polvo serán…


[1] Para leer la reseña de El pasado es un animal grotesco en este blog, click aquí

[2] Para leer la reseña de Todo en este blog, click aquí

[3] Para leer la reseña de Ala de criados en este blog, click aquí

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